Del fragmento en la obra de Javier Marín

Autor: Michel Draguet

Título del texto: Del fragmento en la obra de Javier Marín

Publicación: Javier Marín Corpus

Proyecto / obra:  Exposición Javier Marín Corpus: La belleza de lo imperfecto. Antiguo Colegio de San Ildefonso, 2015.

Publicado por: Terreno Baldío Arte

Del fragmento en la obra de Javier Marín

 

Michel Draguet

 

Algo perturbador impacta al espíritu cuando penetra en un lugar, de preferencia solemne e inmenso, cargado de historia e impresionante, donde se descubren las figuras no menos monumentales de Javier Marín, asociadas entre sí conforme a una dramaturgia cuidadosamente calibrada.  Un sentimiento de unidad que hace pensar que éstas están allí naturalmente –que siempre lo han estado–, antes de que surja la sensación perturbadora de que un orden antiguo, desconocido y ahora fallido, ha sido conferido por un mundo igualmente antiguo y no menos desconocido con el que éste dialoga.  De uno al otro se establece la posibilidad de un saber: el que pretende que más allá de nuestra finitud –que, sin embargo, no es sino el signo de nuestra condición inacabada– pertenecemos a un orden que en sí está destinado a la ruina.  Así, nos vemos a nosotros mismos como los fragmentos de un orden de pérdida: nuestro mundo atrapado por su devenir.  Golpeado por su destino, nuestro mundo sin un mañana voltea hacia su pasado para exhumar de él los rastros de algo posible.

 

De ahí proviene este punto de vista que rompe con la modernidad que había modelado el siglo XX.  Después de haber transformado “la negación de la tradición” en “tradición de la negación”, ahora tendríamos que regresar al repertorio que ésta nos ofrece para romper con la tendencia apologética inherente a las vanguardias –el ineludible tema de la muerte del arte en beneficio de la filosofía– y con la carrera por la innovación característica de una modernidad ganada por la industrialización de la cultura. Al sublimar su propia muerte –tema en el corazón de la obra de Javier Marín–,  la creación debería buscar en la tradición los medios para superar la modernidad.  Para acceder a esta posmodernidad.

 

Fractura y herida

 

Cuando el fragmento es de un vestigio, En tanto vestigio, el fragmento  se convierte en un fin en sí, y transforma su fracaso consumado en una necesidad moderna de inconclusión.  Ésta define la condición misma del devenir de la imagen.  Así, el escultor liga la herida que tiene todo fragmento con un propósito moral que transforma cada una de sus obras en un avatar posmoderno de los memento mori de la edad clásica.  La historia vivida como catástrofe se duplica ahí con una experiencia sensible llevada a la escala humana. Esto se muestra en la manera de ligar los cuerpos destrozados uno con otro, lo cual denota una forma de crueldad que va más allá de la mirada lúcida sobre la barbarie humana.

 

            Si bien no es inmediatamente perceptible en la mayoría de las instalaciones, esta violencia está en el corazón de obras como Hombre varillas de 1998 o como sus semejantes de 2007. Al fragmento responde aquí un trabajo escultórico que, sin romper la integridad de la forma, la descompone en el sentido más orgánico del término.  El barro traduce, en un mismo movimiento, la destrucción del cuerpo y la putrefacción de la materia. Una y otra amenazan el devenir de la forma.  En respuesta, Javier Marín ha atravesado la forma con vástagos de acero tomados de obras de construcción para “armar” mejor la carne, como si ésta no fuera más que un hormigón friable, frágil si no efímero. Pero este cruzamiento de parte a parte, donde se juega el trazo geométrico del arco de un círculo en conflicto con el cuerpo que se tuerce, ritualiza una forma de tortura que aparece regularmente en la obra.

       

     La misma sensación dolorosa se siente frente a la Mujer suspendida realizada en 2000.  Más allá de la evocación de Cristo en la cruz –por la superposición delicada de las piernas y por el motivo del pie perforado–, la mujer atestigua el dolor de un cuerpo fabricado pedazo por pedazo, donde se vinculan, con fuerza si no con agresividad, fragmentos ajenos uno al otro. Por medio de arandelas de fijación, placas y tornillos, la voluntad demiúrgica del artista –¿tan cruel como la que hizo nacer a Frankenstein?– recompone su unidad. Ésta tiene un precio que la humanidad no ha dejado de pagar desde su aparición. Un dolor que, lejos de los ejercicios filosóficos, atraviesa el cuerpo y que sólo un escultor podría expresar con esa fuerza. Al reorientar el modelado hacia el ensamblaje, Javier Marín da una finalidad nueva al trabajo sobre el fragmento iniciado por Rodin. Se trata menos de experimentar allí nuevas posturas que de atestiguar la condición humana en su diversidad llevada a lo ínfimo.

 

            El discurso de Javier Marín nunca es unívoco. Otras obras que utilizan efectos comparables expresarán, al contrario, la liberación del cuerpo. Así sucede con una escultura como De cabeza, de 1995.  Ahí la forma se transfigura en bronce al perderse la cera.  De nuevo, la forma final contiene su parte de memoria de una ausencia a la cual el artista vuelve en otra parte, especialmente en el trabajo de alta destreza de las resinas.  Así, el bronce no escapa de esta poética del fragmento. En este caso, la supervivencia de los vaciados y los orificios dará testimonio de esta emancipación que no representa el ahorro de una pérdida. Que será una caída, como una vida que se agota desde el instante de su nacimiento.

 

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