El orden del caos

Autor: Agustín Arteaga

Título del texto: El orden del caos

Publicación:    Javier Marín En Blanco

Proyecto / obra: General

Publicado por:  Silvana Editoriale

El Orden del Caos

Agustín Arteaga

 

 

Javier Marín es un reconocido escultor de origen mexicano y su trayectoria rebasa fronteras. Iniciado en el manejo de la figura humana de espíritu lúdico y sencillas formas, casi esquemáticas, de pequeñas dimensiones, que con el tiempo crecieron física y emocionalmente rebuscándose en complejas posiciones, hoy día nos presenta una obra que más que darnos respuestas a las preguntas que anteriormente podríamos habernos realizado, nos despierta nuevos cuestionamientos, más dudas e incertidumbres. Hacer memoria de su devenir es conveniente para enfrentarnos a esta nueva manera de su quehacer. Vale la pena recordar que el uso que desde la mitad de los años ochenta hizo de la figura humana, lo ubicó como un post modernista, dado que trabajaba con una imagen poderosa del ser, hombre o mujer, cuyos atributos de género eran enfatizados de manera provocadora y atractiva, en tanto que la referencia, inducida en el espectador, era asociada a un clasicismo ya perturbado por el manierismo. Por otra parte, las figuras femeninas adquirían el carácter de diosas fértiles y seductoras, de grandes caderas y profundos senos, miradas elocuentes y evocadoras que las transformaban en sacerdotisas de su propio culto, en tanto los viriles miembros de sus contrapartes se convertían en centro de gravedad de su sólida estructura anatómica. A diferencia de la austeridad y síntesis aséptica utilizada por los representantes de este movimiento postmodernista en otras latitudes —Mimo Paladino en Italia, por ejemplo— la mano de Javier Marín está presente como huella milenaria; la gestualidad es una de sus características primordiales y sus personajes, hombres y mujeres, parecen surgir cual su propia materia, de los estratos profundos de la tierra, como si fueran producto de descubrimientos arqueológicos que al hacer contacto con el ser contemporáneo recrean en éste, la inconsciente necesidad de ser parte de un ritual. Este ritual ineludible es el de la confrontación con el cuerpo, más allá de la banalidad de la aspiración individual, es el del cuerpo colectivo, el del arquetipo. Curiosamente, sus formas no pertenecen al arcaísmo primitivista que niega el rasgo y esconde o priva la expresión; sus hallazgos descansan en la figura alterada por su propia existencia, por los sentimientos, el placer o el dolor ubicados en la frontera que los confunde. El calificativo de “clasicista” que de mucho tiempo atrás se les atribuye —el cual es por demás errado— estriba en la constitución de un sentido de humanidad donde las veleidades y tentaciones que propone, son reflejos de las propias, íntimas, de quien las admira. Decía que las primeras obras producidas por Javier Marín eran sintéticas y esquemáticas, asociables con la espontaneidad de la creatividad infantil, de formas redondas y superficies continuadas, sin obstáculos al ojo o a la mano que las recorre. Entonces la técnica utilizada por el artista era cerámica, y en sus piezas encontrábamos una sosegada inocencia que con el tiempo maduró en su corporalidad, exaltando su anatomía al punto del capricho, cada gesto se rebuscó, cada cabello, los músculos se tensaron, convirtiéndose en imágenes plagadas de la utopía del exceso, capaces de confrontar el espíritu minimalista de su época, exaltando su objetualidad y cualidades físicas de entes estéticos.  Su posición en el escenario del momento asumió un dual sentido del cual aún es víctima: por una parte la súbita celebridad lo convirtió en una figura mezcla de pop star e infante perverso, cuya creación era aplaudida, tanto por el aparato crítico, como bien recibida por el mercado; por otra, es víctima de un embate violento acentuado por el radicalismo que posicionó desmesuradamente al curador —durante el transcurso de la década pasada— como el todopoderoso del nuevo Olimpo de la contemporaneidad post-post moderna, cuya palabra puede decidir destinos sin la objeción de nadie.  Y tristemente, menos que nadie, de los jóvenes artistas que más que a nada aspiran  —o requieren— a verse beneficiados por su protección.

 

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